Gracias a todos ellos

Gracias a todos los que te dejaron ir, a los que te soltaron, a los que te apuñalaron por la espalda, gracias a esos que se burlaron de vos, si, gracias. Porque gracias a todo eso sos quien ahora sos, esa mujer llena de fuerza, gracias a eso llegaste a mí ya no tan confiada y eso hizo que nuestra amistad se hiciera más fuerte. Gracias a la que te llamó bruja, sí a esa que te traicionó y dijo que hacías hechizos, cuanta razón tenía, tu poesía es magia, tus letras reinician el corazón, abrazan almas, reparan vidas. Gracias a esa que te hizo a un lado dejándote en las manos de esta reumática, sí gracias, porque gracias a que no te valoró, ahora yo puedo estar para vos, demostrarte que la amistad va más allá de un amor de pareja, que la amistad florece aún en la distancia y que la lealtad va tomada de nuestra mano. Gracias a todos los que te hirieron y se fueron, gracias por no quedarse a seguir jodiendo, gracias por no seguir absorbiendo tu energía, gracias por dejarte en medio del camino y no arrastrarte en su desdicha. Gracias a todos ellos por darme la mejor amiga del mundo, por hacer que llegara a mi vida una bruja que inunda mis días de alegría, gracias a todos esos que se burlaron de vos y ahora la vida se burla de ellos poniéndolos muy por debajo de vos. Porque sos magia, poesía, sos grande, sos un arcoíris en día gris, sos agua en medio del desierto, sos flor que se mantiene viva aún en medio de la sequía, sos grande, fuerte, ahora brillas tan fuerte que nadie puede apagarte. Gracias a todos ellos por dejar en mi vida al desfibrilador que reinició mi corazón, vos.

Un comentario sobre “Gracias a todos ellos

  1. Te leo y es como si esuviera recordando las últimas palabras que salieron del corazón de mi querido Joaco, antes de morir.
    Sus últimos veinte años los pasó enfermo, postrado casi. Solo se recuperaba de sus dolores apenas unas horas por semana, cuando iba a visitarlo.
    Era una persona triste, comía poco y mal, un karma abandónico y a muchos les parecía cruel o infame. No lo era. Su aspecto de vagabundo (detestaba la higiene y jamás hizo caso a nadie al respecto) derivaba de una creencia insoportable: que era indigno de Dios.
    Por alguna extraña razón me impuse la meta de ayudarlo en su indefensión. Dos veces intentó suicidarse sin éxito cuando nos separaba un océano.
    En la tercera, su decisión era irrevocable. No pensaba dejar ni una nota de despedida.
    Un milagro hizo que abriera su ordenador (año 2001) y encontrara un mensaje mío en el que le comentaba algo sobre el Elvis, una tontería. Uno de esos chistes tontos pero imprescindibles.
    Lo invitaba a mantener un chat en los próximos días.
    Combinamos para esa misma tarde.
    Estaba completamente borracho. No podía escribir un texto de corrido sin tropezar con las palabras. Había perdido la gramática. Sufrió un desmayo. Sus vecinos lo internaron porque le escribí que pidiera socorro. Que gritara. Esperé su respuesta pero fue en vano. Al día siguiente me escribió desde el hospital. Estaba leyendo a Proust, En busca del tiempo perdido.
    Era un poeta único, poco respetado por la literatura oficial que se nutre de funcionarios, becas, subvenciones públicas o privadas. Envidiaban su talento. Él había perdido el gusto por la vida.
    Los libros lo salvaron aquella vez.
    Casi 20 años después, su alma estaba rota y no pudo.
    Que en paz descanse. ¿La amistad se termina con la muerte?

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